El invierno se acaba…

 

– noooo nooo!! aún noo!! Aún hay nieve!! (abucheos varios)
– bueno, no, aún no se acaba, aún nos queda algo para posturear en la nieve, más tranquilos?
– bueno-vale-deacuerdo

 

El invierno se acaba, y algunos empezamos a oler el sabor a magnesio. La piel de las manos agrietadas por ese polvo secante y no sólo por el frío húmedo. Fresco seco a la sombra del sol reluciente que nos acompaña todo el día.

 

Recuperar la sensación de descansar en regletas rabiosas por el regusto en la garganta al miedo a volar medio centímetro (¿a cuántos metros está la chaaapaaaa???? en la cintura la tienes!!!! oops).

 

Esto, en la nieve, no pasa: aunque también acabas haciendo posturas no naturales, en las manos siempre llevas las mismas presas, llevas guantes y la piel se conserva un poco mejor. Y te das cuenta justo cuando llevas 15 metros de roca, y te quedan algunos largos por delante.

Recuperar ese escozor en las yemas al final del día, esos puntitos de purpurina que desprenden entre vía y vía, esa máquina de fichar digital que no te reconoce la huella… Estar colgado sin mojarte, con los pies fríos pero no congelados, sin pinchos, sin veinticinco mil capas de ropa, ver el sol y alegrarte (no preocuparte), ver que te pesa el culo más de lo que esperabas, sentir que todas las presas son demasiado pequeñas o demasiado desplomadas, sentirte bicho-palo dónde tendrías que ser una elegante gacela… Oh! Qué gusto, qué placer, qué alegría.

Si es que.. somos unos privilegiados. Qué poco necesitamos para ser felices!

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