Dejamos Asturias por el retrovisor.

Quince días de volver, quince días de perderse, quince días de encuentros y reencuentros. Caminos y rutas que te vuelven al presente, te catapultan al presente y te despiertan sensaciones dormidas por el tiempo.

Quince días para volver a sentir la roca en las yemas de los dedos, diezmadas por semanas de descanso obligado. Quince días para volver a olvidar el paso del tiempo, las horas, el camino del sol sobre tu cabeza, imperturbable, incansable, insolente a veces.

Doble rescate emocional, en quince días… en septiembre.

Caliza erguida, rodeada de orgullo, de caminos que hay que ganarse antes de disfrutarla. Peña Santa, solitaria, inmensa, prudente, sigilosa. Su canto de sirenas te convence poco a poco, y te cala cuando ya no estás. Te seguirá cantando, te seguirá engañando con sus mentiras de inocente. Blanca, brillante… pero cuanto más cerca más te exige, te agarra, te engancha y te abraza largo y tendido.

Te han robado el alma, y te vas diciendo que es otro sitio más, muy bonito, muy bonito… como tantos… pero sabes que no, que no es como tantos… sabes que te han robado, una vez más.

Siguiente parada: el Picu. Forma parte del juego, no puedes ir a Asturias y no ir al Picu. Pero no hay nada que hacer. Aunque te esperan otras sorpresas, otros abrazos intensos. El bullicio no te deja disfrutar de ese sabor que se queda en tu garganta cuando engulles las emociones. Son la cara y cruz de una misma caliza, gris, pétrea, imponente, insolente, intimidante. El Picu te escupe con un poco menos de elegancia, con menos gracia, con menos delicadeza.

Tras quince días. Tras quince días de volveres, de volver, de volveré… dejamos tus tierras por el retrovisor, tus tierras, tus mares, tus prados. Pero los sueños se van conmigo. Quedan tareas pendientes.

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