Infusión de tomillo al sol. Nueve de la mañana. Tomillo recién cortado. Agua calentada al fuego. Fuego del gas del infiernillo. Con el único recipiente mínimamente limpio que dejamos de ayer por la noche.

– Toma, la he limpiado
– Gracias
– Bueno… con el dedo, claro

Claro. Cómo va a ser si no? Ha limpiado la taza del puré de ayer. Puré de calabacín de la abuela. Con queso. La ha limpiado con el dedo. Sucio. De ayer. Sucio de la vía de ayer: un suflé de magnesio, polvo, heces de buitre, plantas varias y vete tú a saber qué más.

– Perfecto!!

Un tomillo al sol que sabe a gloria.

Y al gusto del tomillo recordamos la vía.

Uno de los lugares más bellos que conozco. Y más que bellos, un lugar con una magia especial. Muchas veces las vías, las rutas, las actividades que hacemos no nos llenan tanto por la categoría que alguien le ha dado, sino justamente por esa magia. Y Montrebei, para mi, es uno de esos sitios mágicos.

Con toda la calma del mundo nos levantamos para saborear el resultado en nuestros cuerpos y en nuestras mentes de un itinerario como éste.

Totxaires. No necesita presentación.

Algunos más perjudicados que otros, nos tomamos el día de descanso activo, acorde al grado de memoria que nuestros cuerpos nos revelan, y nos separamos cada uno por su camino a casa. Hay quién directo, otros pasando por algún rincón a la sombra, para justificar el domingo y alargar ese sabor al paladar de risas y apretadas compartidas.

 

 

Posiblemente, una de las paredes más fotografiadas de estas tierras.

– Café?
– Si, gracias.

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